...y ahí comprendí que el asunto merecía mi atención.
Entonces me pregunté, ¿qué pasa si me muero?, ¿si me lastimo? o ¿si me enfermo? Ahí se me vino a la mente, “todos tenemos que pagar las cuentas”.
Federico, que vivía de esto, no era la excepción, una gran persona, empático, generacional, me contó algunas historias de sus clientes/as:
“María, trabajó años como panadera ¡El mejor pan de campo, que probé! A los 54 años, le diagnosticaron una enfermedad terminal. Desolada aunque a su vez agradecida de poder partir con tranquilidad, dado que había contratado su seguro de vida hacía ya unos años”.
La aseguradora de María, comprendió lo difícil que era este momento y le ofreció adelantar parte de su importante indemnización. María se sintió muy aliviada.
Luego me contó acerca de: “Tomás, 22 años, quien trabaja en la construcción, sabía que necesitaba un seguro de vida, aunque no quería gastar demasiado. Enseguida vio que no era costoso, definitivamente era una excelente inversión. Compro serenidad…su recién nacida Jacinta, y Andrea su joven esposa, estarían bien atendidas si a él le ocurría algo”.
Me hizo reflexionar…
Federico se dio cuenta y me comentó: vender seguros de vida no es glamoroso... aunque es noble y te va a dar paz. Es una responsabilidad como padres. Y entonces pensé, no, no debe ser para nada emocionante vender seguros de vida, aunque si es, diría yo, hasta generoso.
La muerte es aterradora... el fin de la vida, aunque no hay nada más seguro en este mundo. Entonces lo pensé de forma lógica y proactiva, ¿Qué ocurre con los que quedan? He ahí lo espantoso de pensar en el fin. La vida va a seguir su curso, aunque yo no esté. Quizás eso sea lo trágico y a su vez lo maravilloso de haber existido. Comprendí que un seguro de vida era importante para mí y para los míos y en alguna medida este va a aliviar los pesares en momentos extremadamente confusos.
Testimonio: Pedro, 32 años.